Recuerdo la primera vez que fui al Wadi Rum. Con 25 años estaba de viaje por Jordania y me encontraba con una simpática belga cenando algo en Wadi Musa, la población a las afueras de Petra, cuando entablamos conversación con un beduino. Al final, no recuerdo bajo que promesa, pero que nos convenció a ir con él a visitar el desierto del Wadi Rum.

-Muy bien, ¿cuándo nos vamos?
– Ahora mismo
– ¿Ahora? Pero si son las 9 de la noche…. Vamos a llegar de madrugada….

Y veinte minutos más tarde estábamos ya en la Desert Highway. Cuando llevamos ya un rato conduciendo, da un volantazo, se sale de la carretera y cruza campo a través (debería decir desierto a través) rumbo a la noche más oscura. Solo se veían los focos del todoterreno y algún matojo despistado que se nos cruzaba por el camino. Sí, lo sé, estas cosas solo se hacen al amparo de la inconsciencia de la juventud, pero allí estábamos los dos, cruzando el desierto conducidos por un beduino que acabábamos de conocer apenas dos horas y afortunadamente Al Qaeda todavía no había saltado a los tabloides.

Siempre que he conocido a alguien y me he dejado guiar por mi instinto (o mejor llamado inconsciencia), tengo que reconocer que me ha salido bien la jugada y las cosas que he vivido han sido increíbles.. pero bueno, toquemos madera…. En esa ocasión, a la una de la mañana llegábamos a una haima en lo que parecía ser “in the middle of nowhere”

Allí pasamos la noche, comiendo unos dátiles y acostándonos en unas mantas en el “hotel de las mil estrellas” Y poco antes de salir el sol, nuestro amigo nos despertó para poder disfrutar del amanecer sobre el Wadi Rum. Realmente una de las formas de describir el paisaje que teníamos ante nosotros es evocar a Lawrence de Arabia cuando describía:

Los riscos terminan en cúpulas de un rojo menos ardiente que el resto de la montaña…Estas cúpulas dotaban a este irresistible lugar de un acabado arquitectónico bizantino: esta senda procesional superaba cualquier cosa imaginada… Nuestra pequeña caravana se empequeñecía cada vez más y quedaba envuelta en un silencio mortal, temerosa y avergonzada de ostentar su pequeñez en presencia de tan majestuosas montañas.

Amanecer sobre el Wadi Rum

Y es que un mar de arena de un rabioso naranja de extendía ante nosotros, salpicado por solitarios monolitos de roca de varios centenares de metros. Parecía como si un mar de arenas ocres hubiera inundado el centro de Manhattan. Pasamos tres jornadas junto a nuestro amigo visitando los rincones de este desierto, acompañándolo a campamento de beduinos perdidos en el corazón del Wadi Rum, simplemente para que los niños conocieran a una rubia (a mi no, a la belga), pasamos gratos momentos de risas y juegos con los niños, escuchando historias y batallas de los camelleros errantes y sobre todo disfrutando de la reconocida hospitalidad beduina. Nos relataron numerosas historias sobre sus costumbres, del desierto y de como se conocían todos los pozos de agua, y anécdotas varias de sus contrabandos con Arabia Saudí.

Y es que este desierto tiene mucho que ofrecer a sus visitantes. Resulta que lleva habitado desde la prehistoria, y son frecuentes los petroglifos y túmulos funerarios, pero lo más impresionante de ver, a parte de visitar la antigua morada de Lawrence de Arabia durante la Rebelión Árabe contra el imperio otomano, son las formaciones rocosas, puentes de piedra y dunas, pero sobre todo el espectáculo de colores que supone sentarse sobre una roca y contemplar el atardecer en el que es sin duda uno de los más bellos desiertos del mundo.

Al final la historia con el beduino acabó como ya he adelantado, con final feliz. Nos ofreció a quedarnos con él y ayudarle guiando grupos de turistas, pero esto ya, es otra historia…..

 

2 comentarios
    • Dr. Livigstone
      Dr. Livigstone Dice:

      Estimada Samar
      Jordania es un país increíble, y el Wadi Rum bien merece la pena una noche en sus arenas.. Y la foto no tiene nada del otro mundo.. Los atardeceres del Wadi Rum son así! 🙂

      Responder

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