Lo reconozco, disfruto con la comida. No, no soy de esos que no hacen más que zampar, pero creo que existen pocos deleites comparables a cocinarse un buen plato de pasta italiana al dente, preparar una rica salsita y espolvorear ese trozo de queso grana padano que aún me queda de la última inmersión en Italia, y ….. mmmmm Y es que siempre que voy a un restaurante, me enfrento con el mismo problema: nunca se que pedir. Siempre acabo dudando entre cuatro o cinco platos, y al final (no se como me las apaño) acabo pidiendo más de lo que mi estómago me acepta.

Y cuando viajo, no podría ser de otra manera. Me apasiona degustar la comida local. Pero en lugar de ir a los restaurantes diseñados para el viajero occidental, donde al final no sabes si estás comiendo en un restaurante de Madrid, Tokyo o Addis Abeba, con lo que de verdad disfruto es perdiéndome por las callejuelas de las ciudades, olisquear los aromas que desprenden los puestos callejeros, entrar al restaurante local donde más bullicio observo, contemplar los platos de los comensales y pedir lo mismo que está tomando aquel caballero de la mesa de ahí enfrente. Y mientras espero a que me sirvan y contemplo como en la cocina, separada de las mesas por una sucia mampara de cristal, el cocinero se afana en preparar la comanda (en algunos países con más parsimonia que en otros, todo hay que decirlo) pido una cerveza, que rara vez está fría pero eso es parte del encanto local, y cuando finalmente me ponen frente a mi ese plato humeante, lo contemplo durante unos instantes como un torero concentrado en dar la estocada, dispuesto a probar un sabor nuevo que me haga disfrutar de esos momentos de intimidad entre mis papilas gustativas y mi cerebro….  ¡Ya empiezo a salivar como el perro de Paulov con solo pensarlo!

Salteña Boliviana

Y es que recuerdo con auténtico deleite, en uno de mis primeros viajes, hace ya tantos años que me da miedo recordarlo, en una concurrida calle de Bangkok, esa achuchable anciana que regentaba con una sonrisa desdentada un puesto callejero portátil y como se esforzó en mi primera experiencia culinaria con unos palillos, a enseñarme a comerme su delicioso cuenco de arroz con verduritas y tortilla cobrándome al cambio a 16 pesetas. Aun rememoro con cariño la risa de la entrañable señora cuando mi empeño por devorar lo que me pareció en ese momento un manjar a la altura del Bulli se veía frenado por mi lento progreso por llevar los granos de arroz a mi boca, así que, como si de ganado vacuno fuera, rematé el asunto metiendo los morros en el bol y acabando de esa forma tan poco digan mi primer plato callejero. O en otra ocasión años más tarde, en la estación de autobuses de Bamako en Mali, mi amigo Paco y yo decidimos aprovechar antes de que saliera el autobús para Djenne,  y azuzados por el aromilla que desprendía una parrilla cercana, el comprarnos sendos bocadillos de sabrosa carne. Devoramos en pocos minutos y sin dirigirnos la palabra el sabroso tentempié, y una vez finalizado y todavía relamiéndonos, comentamos ese delicioso regustillo que nos dejaba en la boca. Al preguntar al vendedor de que era el bocadillo, nos comentó que de hígado. Seguramente de regreso a casa rara vez me veas comiéndome esa víscera, pero confieso que ese día me supo a gloria.

Y no hay nada mejor que viajar para abrirnos la mente culinaria. Podría seguir relatando esos bocados que se han quedado grabados en mi paladar, como las brochetas de carne de ese callejón de Pekín, el queso duro como una piedra pero rico rico, que diría Argiñano de Mongolia, o una de mis preferidas, las salteñas bolivianas, esas empanadillas de carne o de verduras hechas al horno y que solo se sirven hasta el mediodía… La lista es demasiada larga para enumerarla aquí, pero…  ¡Reconozcámoslo! ¡qué sería de los viajes sin ese éxodo al mundo de los sabores desconocidos…! Y perdonarme, pero es la hora de comer, y con este escrito se me ha abierto el apetito, así que voy a ver si abro el libro de recetas del mundo que guardo en la librería y a ver que me cocino para hoy….

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