Tras un larguísimo viaje hasta las antípodas, cuando lo que quieres es llegar al hotel a descansar, te encuentras en el aeropuerto con amenazantes carteles advirtiéndote de la prohibición de entrar al país cualquier tipo de objeto natural en forma de semilla, fruto o embutido ibérico, salvo pena de expulsión. De hecho, los funcionarios de aduanas te inspeccionan la mochila, te limpian las suelas de las botas y hasta entre las muelas, para asegurarse de que se cumple a rajatabla esa premisa.

Y es que es lo que tiene Nueva Zelanda. Sus paisajes bucólicos, su fauna única, sus escenas de postal deben de mantenerse a salvo de cualquier posible agresión exterior que pueda desequilibrar la balanza de este exclusivo y amenazado ecosistema.

La combinación de colores de Wai -O-Tapu

Pero una vez superado ese engorroso trámite, ya salimos del recinto aeroportuario y desde este preciso momento comienza nuestro viaje por Nueva Zelanda, o lo que es lo mismo, un desfile sin parangón de escenarios naturales increíbles: playas tropicales, prados de postal, volcanes activos, apacibles viñedos, cumbres nevadas, gélidos glaciares o fiordos de laderas recubiertas por selva hasta el mismo borde del mar.

Pero personalmente, uno de los paisajes que más me fascinaron de todo Nueva Zelanda, y donde deje tiritando la tarjeta de memoria de mi cámara fotográfica, fue en Rotorua, concretamente en Wai-O-Tapu, el parque temático del vulcanismo neozelandés, en el centro de la isla norte.

Ya has atravesado playas de aguas turquesas, bucólicos prados repletos de ovejas (hay 20 ovejas por cada neozelandés), volcanes dignos de Mordor, y cuanto te encaminas al centro de la cultura maorí del país, nada más bajar del coche en el centro de la ciudad de Rotorua, lo primero que percibes es ese permanente olor a bomba fétida, al que tan solo consigues acostumbrarte cuando ya llevas varias horas en la ciudad. Y es que Rotorua está asentado en el centro del cinturón de fuego del Pacífico, y la poderosa actividad geotérmica que se desarrolla en el subsuelo de Rotorua es única en el mundo. Pero los maoríes, lejos de arredrarse, han sabido transformar la fuerza de la naturaleza en uno de los mayores reclamos turísticos de Nueva Zelanda.

Alrededor de Rotorua existen numerosos géiseres y lagos humeantes, pero es donde comentaba antes, en el parque de Wai-O-Tapu, traducción maorí de agua sagrada, donde la belleza geotérmica alcanza su máximo esplendor. Aquí el ser humano tan solo ha colocado pasarelas y vallas para no caer en las numerosas piscinas de barro burbujeante, simas sulfurosas y aguas ácidas que salpican este parque. Y es que no debe ser lo más agradable acabar tus días cocido a barro lento en accidentes telúricos de nombres tan sugerentes como la Morada del Diablo, el cráter del Trueno o el Tintero de Satanás por citar algunos.

El paseo es una explosión de colores que nunca imaginarías para piscinas de barro, y es que los naranja brillantes y los verde pistacho se combinan a la perfección como si de un vestido de Ágata Ruiz de la Prada se tratara entre círculos concéntricos que forman las piscinas de barro burbujeante, y el agua expulsada por el géiser lady Knox. Todo ello ambientado por una fantasmal bruma que hace sin duda de éste, uno de los lugares más emblemáticos de toda Nueva Zelanda. Pese al olor, que a estas alturas, ya se nos había olvidado….

La famosa piscina de Champán

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