Continuación del viaje a la Antártida

Bajamos a tierra con nuestra zodiac y aprovechamos, previa solicitud de permiso a través de la radio del barco, para visitar la base española Gabriel de Castilla, donde compartimos un agradable rato con el personal militar y civil que desarrolla diversas actividades científicas durante los cuatro meses del verano austral.

La base científica española Gabriel de Castilla

El nombre de la base se debe al navegante y explorador Gabriel de Castilla, que en el año 1603 alcanzó los 64˚ de latitud sur, latitud que no sería sobrepasada hasta el año 1773 por el británico James Cook que llegó hasta los 71˚ S.

Desde la Isla Decepción todavía nos quedan 100 millas de mal tiempo y nieve, pero llegar a la Antártida por el estrecho de Gerlache, entre la isla Brabant y la propia península y aparecer los icebergs, salir el sol, arriar las velas para pasar a una plácida navegación a motor por un tranquilo mar, que ya no nos abandonaría, fue todo uno.

Icebergs de grandes dimensiones

A partir de aquí y mientras estemos en la Antártida, las noches las pasaremos fondeados en alguna abrigada bahía o abarloados a un pecio de un antiguo ballenero, bajo un imponente cielo estrellado con la Cruz del Sur como referencia. Durante el día las guardias se mantienen para vigilar los icebergs e indicar el paso a través de las numerosas banquisas heladas que debemos traspasar.

Las ballenas jugaban en torno al barco

Las ballenas se convierten en un compañero diario, visitándonos cual alegre pandilla, de cuatro o cinco en fondo, y de paso dándonos algún susto cuando de repente emergen con un fuerte resoplido junto al casco del barco. También las focas que pasean por las orillas, o que dormitan y toman el sol tumbadas sobre los icebergs, conforman una estampa habitual del entorno. Pero el representante por excelencia de esta fauna antártica son los pingüinos. Los hay a miles, concentrados en las rocas desnudas de hielo, o nadando con sus característicos saltos.

Existen numerosas colonias de pingüinos

Cada día es diferente y cada milla que avanzamos ofrece un nuevo espectáculo. Los paisajes de postal se suceden en una interminable proyección ante nuestros ojos y nuestras cámaras. Cada rincón es deslumbrante. A cada minuto te quedas maravillado con el paisaje que tienes delante.

Las focas se pasan el día dormitando

Descendemos a menudo a tierra, y ascendemos a pequeñas alturas, como el punto culminante de la isla Hovgaard, de 369 metros de altura, que nos permite apreciar las bellezas de este continente desde otra perspectiva.

Nuestro barco desde el palo mayor

El día 22 de febrero alcanzamos el punto más autral de nuestro periplo, la base ucraniana Vernadski, a 65˚ 14´ S., donde compartimos unos tragos de vodka con unos barbudos militares que se pegan aquí todo un año. Aquí es donde te das cuenta de las verdaderas dimensiones de este continente, y aprecias mejor las epopeyas de los Amundsen y Scott de hace 100 años. Todavía faltan 35˚ hasta el polo sur, es decir, 2.100 millas náuticas ¡Casi nada!

Los icebergs toman caprichosas formas

A partir de aquí, rumbo norte por otra red de canales hasta la isla Melchior, donde fondeamos en nuestra última noche antártica y cogemos fuerzas para, ¡oh cielos, que pereza! Afrontar de nuevo el temible Drake. Otra vez cuatro largos días de fuertes vientos y duro oleaje, pero que superamos sin grandes incidentes hasta recalar en Puerto Williams, la base de partida, tras tres inolvidables semanas por el paraíso antártico.

Fondeados para pasar la noche

Ascendiendo al monte Hovgaard

 

El hielo nos rodeaba constantemente

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