Los ñus cruzando el río Mara

Uno de los espectáculos más sobrecogedores que puede contemplar todo viajero, es la migración anual de los ñus y cebras desde las praderas del Serengeti tanzano a las llanuras del Masai Mara keniata. No tiene precio asistir al momento en que las manadas emprenden la salvaje estampida, como invocados por un misterioso dios, para precipitarse en las turbias aguas de los ríos Mara y Talek, y encontrar en la vertiente opuesta la tierra prometida.

La migración no es que tenga un principio o un final, sino que es un bucle que se repite anualmente en busca de los nuevos pastos que han resurgido durante la época de lluvias, desplazándose libremente por una superficie que alcanza los 25.000 kilómetros cuadrados en una travesía de más de 2500 kilómetros a lo largo de un año natural. A principios de enero, en una sorprendente sincronización natural, ya que el 80% de las crías nacen en las primeras semanas del año, alrededor de un millón y medio de ñus pastan en los verdes prados tanzanos del Serengeti y del Ngorongoro. Como es natural, estas ricas llanuras no son una fuente infinita de alimentos, y es por ello que en torno al mes de abril, cuando las crías ya pueden valerse por ellas mismas, comienza un reagrupación masiva para posteriormente emprender el desplazamiento conjunto hacia el norte. Sintiendo las lluvias que están cayendo al otro lado de la frontera humana, abandonando los terrenos esquilmados del Serengeti en busca de una nueva fuente de alimento que permita cebar a la gran familia compuesta por más de dos millones de cabezas entre ñus, cebras y gacelas que en perfecta armonía se embarcan en la peregrinación pertinente. Y como todo éxodo masivo, viajan acompañados de una retahíla de buhoneros y buscavidas en forma de carnívoros y aves carroñeras que aprovechan el dicho popular de que a río revuelto, ganancia de depredadores.

Viendo a los ñus cruzar la carretera

Viendo a los ñus cruzar la carretera

En el mes de julio es cuando se enfrentan ante su mayor desafío natural: millones de ñus vadean el río Mara, de escarpadas vertientes, para poder disfrutar de las fértiles praderas de la orilla oriental, desde donde una vez arrasado el pasto, emprenden en octubre el camino de regreso, cruzando el río en sentido opuesto para acabar su periplo en el mes de noviembre en las llanuras de donde partieron, recuperadas por ese entonces del paso de estos cortacéspedes con cuernos.

Y es que viajar a Kenia, más concretamente al Masai Mara entre julio y octubre, implica forzosamente adentrarse en el llamado Triángulo Mara, y observar como, según la época, las manadas de ñus cruzan de las llanuras Paraíso a las llanuras Eluai o viceversa, en un espectáculo majestuoso, digno de figurar en el top ten de todo viajero.

Conforme te acercas al río Mara, el paisaje del Masai Mara se va transformando de unas pequeñas llanuras rodeadas de colinas con cierta vegetación a infinitas planicies que acaban allí donde se pone el sol, repletas de cientos de miles de ñus que pastan despreocupados, y tan solo se alteran cuando nuestro todo terreno cruza a su lado, y levantan la cabeza para mirar distraídamente a aquel que se atreve a importunar su pitanza. Y es que la sensación de apagar el motor rodeado de esa ingente masa de cuernos, oyendo tan solo esa amalgama de gruñidos nasales que se extiende más allá de donde alcanza la vista y sintiendo como decenas de ojos se clavan en ti, es algo difícil de explicar. Aún es un misterio como, simplemente a través del instinto, verano tras verano consiguen guiarse los unos a los otros en simbiótica formación, recorriendo el mismo camino, emprendiendo la marcha al mismo tiempo como si de una entrenada formación militar se tratase, para cruzar el río todos los años por los mismos puntos.

Recorrer las orillas del río Mara es comprobar como en los escasos cuatro lugares por donde cruzan el río, manadas de miles de ñus se agolpan, como si fueran equipo de rugby, todos apiñados dándose las instrucciones antes de emprender la próxima jugada. La masa se va moviendo uniformemente. Un miembro de la manada se acerca al precipicio de unos 15 metros de altura, y todos le siguen, pero al no verlo claro, retrocede, provocando la retirada de los miles de individuos que tienen los ojos puestos en él. Este nerviosismo oscilante puede durar horas, causando el hastío de los viajeros apostados a una distancia prudencial de la orilla, ya que nuestra simple presencia puede sentirse como una amenaza, y que la manada emprenda una desordenada retirada.

Los ñus cruzando el río Mara

Afortunadamente no tuve que esperar demasiado tiempo. Tras una media hora viendo ese tira y afloja entre los cabecillas de la manada, al fin uno decide dar el paso y emprende el descenso por el escarpado terraplén, y justo antes de alcanzar el agua, lanza un salto que lo catapulta bien entrado el río, para en tres o cuatro saltos más, alcanzar la orilla opuesta y salir chorreando por nuestra vertiente. Y a partir de ese momento, se desata la locura. Toda la manada pugna por cruzar el río cuanto antes, generándose una estampida sobrecogedora, con decenas de animales tratando de cruzar al mismo tiempo por el estrecho desmonte, provocando una nube de polvo que tan solo permite vislumbrar como una avalancha de cuernos y crines se precipita en las aguas del río Mara. Algunos consiguen bajar suavemente, otros, bien impulsados por el miedo o empujados por el resto de miembros que apremian desde el fondo de la manada, se despeñan cuneta abajo, cayendo sobre sus lomos o sobre el resto de sus compañeros, siendo arrastrados por las chocolatadas aguas del río Mara.

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La asombrosa exhibición dura más de media hora. Hasta nuestro guía Masai estaba fascinado observando como emergían cabeceando por nuestra orilla centenares de ñus, hasta que en un momento, uno de los miembros que estaba a punto de arrojarse por el desmonte, duda ante no se sabe que peligro y retrocede, arrastrando con ello al resto de la manada, quedándose ésta cortada en dos. Observamos que tres hembras que ya han cruzado se acercan a la orilla, tratando de, con sus mugidos desgarradores, animar a sus crías para que vayan tras sus pasos, pero la manada ha retrocedido y vuelve a emprender el rito del cabeceo constante para ver quien salta primero. Dos de las hembras regresan con el grueso de la manada, a alimentarse de los nuevos pastos, y una de las madres se queda un buen rato más, bufando descorazonada ante la ruptura familiar, causándonos cierto desasosiego ante lo salvaje y hasta cierto punto cruel de la naturaleza. Si la madre no consigue que la cría que quedó en la orilla opuesta cruce el río, ésta quedará descolgada del cobijo de su madre, engrosando las estadísticas de los dos tercios de ñus nacidos en las praderas del Serengeti que no conseguirán volver a su lugar de nacimiento tras la Gran Migración.

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3 comentarios
  1. Xisco
    Xisco Dice:

    Grandisimo el blog!! Me he sentido como un ñu cruzando el mara!! El próximo viaje a kenia con vosotros!! 🙂
    En serio, muy bueno el artículo, conjugando experiencia y datos práctivos. me ha gustado!!
    Slds!!

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  2. Guillermo
    Guillermo Dice:

    Gran descripción, muchas gracias!!! Este julio tendré la oportunidad de presenciar este grandioso espectáculo, pues me voy a tierras tanzanas. Sabéis cómo va este año la cosa? Va adelantada la migración?

    Responder

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