Durante uno de mis primeros viajes, cuando fui a conocer a mis tíos que vivían en Canadá (sí, esto de viajar viene de familia…) realicé una excursión de 5 días con mi tío por el parque de Algonquin, al norte de Toronto. La gracia de este parque, es que en lugar de andar entre montañas y bosques, te subes a una canoa y te lanzas a remar por los numerosos lagos que componen esta reserva natural.

Al caer la noche, te acercas a la orillas para acampar en alguna de las escasas zonas habilitadas para tal fin. Y cuando digo habilitadas, me refiero simplemente a un claro en el bosque con un cajón con un agujero como retrete y una parrilla para hacer tu barbacoa. Lo de la barbacoa, para los canadienses es algo imprescindible. Afortunadamente el riesgo de incendio es prácticamente nulo, ya que a la alta humedad hay que añadir la concienciación canadienses, por lo que el peligro de montar un buen cirio es prácticamente nulo. El resto del campamento es un espacio donde plantar la tienda de campaña, y una pared impenetrable de bosque cerrado. Durante la noche es conveniente colgar la comida de los árboles para desanimar a las alimañas que merodean cerca de tu campamento y que algún oso no tenga la ocurrencia de instalarse a merendar al lado de tu tienda.

Durante una de esas noches, mi tío me propuso remar hasta el centro del lago. Una vez alejados unos cientos de metros de la orilla, me pidió que guardara silencio y que me tumbara en el fondo de la canoa. Allí, en el fondo de una barca en el corazón de Algonquin Park, escuchando en la lejanía los aullidos de los lobos, descubrí lo que es una noche estrellada. No había ningún tipo de contaminación lumínica (la luz eléctrica más cercana estaría a más de 100 kilómetros) y ante mi se ofrecían con terrible nitidez cientos, miles, millones de estrellas. Un espectáculo increíble y que desafortunadamente no podemos disfrutar tan a menudo como sería menester. Y es que en España es complicado disfrutar de un cielo así. Hace falta subirse a alguna cumbre de los Pirineos para poder contemplar semejante espectáculo de la naturaleza y pocos sitios más…
Acampando bajo las estrellas

Afortunadamente, viajando he tenido ocasión de disfrutar de esta sorpresa nocturna en otras ocasiones. No demasiadas, es cierto, ya que no siempre es fácil alejarse de todo foco de luz eléctrica y que además se confabulen los dioses para ofrecerte un cielo completamente despejado y sin atisbo de luna. Una de ellas fue en Mongolia, durante un viaje que realicé en bicicleta, y recuerdo como las penurias de la noche se veían altamente recompensadas con cuando tras apagar el hornillo y devorar la cena, antes de meternos en nuestra tienda de campaña, nos tumbábamos en el suelo a disfrutar del espectáculo natural. Otra ocasión fue en el viaje a Australia con el Paso Noroeste, cuando decidimos acampar en pleno outback, y tras apagar la hoguera, pudimos disfrutar de otra espléndida ocasión. Pocas ocasiones más ha habido, bien porque estaba nublado o porque había luna, como sucedió en el corazón del Sáhara en Argelia, o en las llanuras perdidas de Uyuni en Bolivia. Y es que no son muchas las oportunidades que tenemos para disfrutar de un momento así… Así que si eres tan afortunado de disfrutar de una de esas noches inolvidables, grábala bien en lo más profundo de tu disco duro, que es sin duda uno de esos recuerdos que hacen mella en nuestra alma de trotamundos.

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