Y digo denominado porque no es el campo base real, desde donde los alpinistas emprenden el ataque a la cumbre más alta del planeta. Nuestro objetivo es un mirador al final de la morrena del glaciar de Rongbuk. El verdadero campamento base se encuentra al pie de la pared, tras recorrer los pedregosos 20 kilómetros que separan el mirador de la base de la montaña más alta de la tierra.

La carretera serpentea a través de un espectacular recorrido y ya desde el collado de Jiahula, a 5.190 metros, disfrutamos de un preaviso de las emociones que viviremos en unas horas. Y es que desde este balcón himalaico, se presentan ante ti nada menos que el Everest, el Makalu y el Cho Oyu, las primera, quinta y sexta cumbres más alta del mundo, sin duda se te quita el hipo.

Las nubes comienzan a disiparse

El camino muere en las proximidades del monasterio de Rongbuk, el templo más alto del mundo, a 5.000 metros de altitud, y punto final de la jornada. A pocos centenares de metros se emplazan una serie de tiendas de campaña acondicionadas para que los adoradores de la “madre del universo” pasen la noche antes de postrarse ante ella.

 

Y es que así es como se denomina en chino: Chomolungma o la traducción literal “madre del universo”. El nombre nepalí también resulta muy evocador: Sagarmatha o “la frente del cielo”.  Los occidentales la conocemos como Everest. El nombre no resulta tan sugestivo como el de  los asiáticos, y más si sabemos que el nombre se lo puso tras su medición en 1865 el topógrafo británico Andrew Waugh en honor de su predecesor, George Everest… ¡Si es que los europeos tenemos poca alma de poeta! Al menos no se denomina con el nombre anterior a su medición, el de Pico XV o el de Pico afilado h…

Al llegar al campamento nos agasajan con un buen té, (muy importante hidratarse a estas alturas), y una parca cena para recuperar fuerzas. No tenemos mucha hambre, y es que uno de los efectos de la altura es la desgana. La noche es gélida, y la estufa emplazada en el centro de la estancia calienta, pero conforme pasan las horas, se fulgor se debilita y el frío comienza a penetrarnos en el tuétano. A estas alturas, es difícil conciliar el sueño, la excitación se mezcla con la falta de oxígeno, generando una noche en duermevela, hasta a las seis y media, hora en el que, con el cuerpo embotado y la cabeza en estado resacoso, nos toca ponernos en pie. Hoy es el día y no podemos fallar.

Los últimos metros hasta el mirador

Nos separan 5 kilómetros del mirador del monte Everest, a 5.200 metros de altura. Lo que  en condiciones normales sería un paseo de una hora, a esta altura se convierte en un verdadero suplicio. El trayecto discurre por una cómoda pista de tierra, donde a horas menos intempestivas un autobús acerca a los turistas que no pueden/quieren realizar el recorrido a pie. Pero una visita al Everest sin sufrirla resultaría menos épica, así que cojo la mochila con algo de agua, unos frutos secos y la cámara de fotos y comenzamos nuestra pesarosa marcha.

Un sendero transcurre paralelamente a la pista. Decido emprender la caminata por la senda, ya que eso me hace sentir que estoy andando por el corazón de los Himalayas. La pista se separa de camino, serpenteando lentamente por la colina, mientras que el camino que he elegido asciende de forma más abrupta. ¡Error! A los pocos metros siento como me arden los pulmones y abro la boca como un pez fuera del agua, tratando de capturar un oxígeno que no llega a mis pulmones. En esos momentos es cuando recuerdo los consejos de mi padre cuando salíamos al monte: ¡Todo atajo cuesta trabajo! Ya lo dice el refrán, más sabe el diablo….

Mis pulmones se relajan, el dolor de cabeza remite y el disfruto del espectáculo del Everest frente a mi, sintiéndome minúsculo ante tal coloso, y honrado a los valientes que lucharon hasta la extenuación por alcanzar esa cima que contemplo ante mis ojos. He sufrido en mis carnes por un ascenso de tan solo 200 metros. Ya solo me quedan 3.600 hasta la cima…

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La diosa madre del univero. El Everest

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