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Laos es ese país del sudeste asiático que va a su ritmo. Nada de prisas, nada de ruido, nada de estrés. En las calles de Laos el tiempo se estira, las sonrisas son sinceras y el paisaje te obliga a bajar una marcha (o dos).
En este viaje en grupo a Laos arrancamos por el norte, en Luang Prabang, la joya tranquila del Mekong. Templos dorados, monjes que caminan al amanecer, mercados con olor a noodle y bicicletas que van más rápido que los coches. Una ciudad que se despierta con incienso y se acuesta con farolillos encendidos.
Desde ahí, nos lanzamos a la carretera (bueno, “carretera”) y empezamos a descubrir un país que no sale en los titulares, pero que sorprende en cada curva: cuevas infinitas, arrozales que parecen espejos verdes, aldeas donde los búfalos tienen más protagonismo que el wifi. Vang Vieng y sus montañas kársticas, Pakse, que suena a poco pero guarda paisajes que no se olvidan.
Y al final, el sur. Don Det y las 4000 Islas (vale, exageran, pero hay muchas). El Mekong se abre, se llena de islitas, de hamacas, de atardeceres naranja y del tipo de tranquilidad que no se compra, se vive. Aquí se viene a flotar, a pedalear sin rumbo, a ver delfines de río y a no mirar el reloj.
Este viaje alternativo a Laos es para los que prefieren los caminos de tierra a los itinerarios cerrados. Para los que saben que, a veces, el mejor plan es dejarse llevar por el ritmo de un país que va lento… pero llega muy lejos. ¿Te vienes?


Este viaje a Laos es perfecto para quienes buscan un destino auténtico en el sudeste asiático, lejos de las grandes multitudes y con un ritmo de viaje tranquilo pero lleno de descubrimientos.
Nos movemos combinando carretera y río, atravesando montañas cubiertas de selva, navegando por el Mekong y llegando a pueblos donde el turismo todavía pasa de largo. Los trayectos forman parte de la experiencia, con paisajes que cambian constantemente y muchas oportunidades para detenerse y explorar.
Haremos excursiones por la selva, nos mancharemos de barro y dormiremos en pequeños alojamientos locales. A veces una habitación con dos camas, y otras con cama doble… No siempre se puede elegir.
La comida es otro de los grandes descubrimientos del viaje. La cocina laosiana mezcla influencias tailandesas, vietnamitas y francesas, con platos llenos de hierbas frescas, arroz pegajoso, sopas aromáticas y mercados donde siempre hay algo nuevo que probar.
Como en todos nuestros viajes en grupo, lo mejor suele aparecer cuando menos lo esperas: una conversación con un monje en un templo, una comida improvisada en un mercado o un atardecer sobre el Mekong que te recuerda por qué viajamos.
Un viaje alternativo donde el ritmo lo marca el paisaje… y tú solo tienes que dejarte llevar.



Después de varios días de viaje por carreteras polvorientas y pueblos coloridos, hoy hemos llegado a las 4.000 islas. Nos instalamos en un pequeño hotel local, con paredes de madera y un balcón que da directamente al Mekong. El aire es cálido y húmedo, y el sonido del agua es como un latido constante que acompaña mis pensamientos. En este viaje en grupo a Laos, los momentos de calma se sienten igual de valiosos que las aventuras más intensas.
Desde mi hamaca, veo pasar pequeñas barcas, algunas cargadas de frutas y otras con familias enteras. Un grupo de niños se baña riendo, salpicándose bajo el sol de la tarde. El grupo y yo hemos decidido que hoy no habrá prisas: solo descansar, leer, charlar y contemplar. Este viaje alternativo me está enseñando que la aventura no siempre significa moverse; a veces, la verdadera experiencia está en quedarse quieto, dejando que el paisaje y la gente del lugar te cuenten su historia, a su propio ritmo.
No pasa nada, tenemos más viajes con estilos parecidos que seguro te van a encantar.
¡Échales un ojo!