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Túnez es la puerta a un norte de África que sorprende. Un país pequeño en tamaño, pero enorme en contrastes. Aquí el desierto se cuela entre oasis, los zocos huelen a especias y cuero, y las ruinas romanas aparecen donde menos te lo esperas, como si el pasado no se hubiera ido del todo.
Un viaje a Túnez es callejear por la medina de Túnez o Sousse, donde las fachadas azules y blancas compiten con los puestos de alfombras y cerámicas. Pero también es perderse en el sur, donde las casas excavadas en la roca parecen de otro planeta y el Sahara empieza a desplegar su inmensidad.
Los que buscan un viaje alternativo descubren que Túnez es mucho más que playas. Es la ciudad de Kairouán con sus mezquitas antiguas, son las ruinas de Dougga, casi vacías y abiertas al cielo, que sorprenden incluso a los que pensaban que ya lo habían visto todo en cuanto a piedras romanas, son los pueblos trogloditas de Matmata y los paisajes lunares del desierto, donde cada pista de tierra lleva a un nuevo descubrimiento. Es sentir en El Djem el poder de Roma en el cuarto mayor anfiteatro del mundo, y uno de los mejor conservados.
Este es un viaje en grupo para quienes disfrutan un país que ofrece mucho, con una mochila medio llena y los ojos bien abiertos. Un viaje alternativo donde el té con piñones se comparte con desconocidos, y donde cada trayecto es parte de la experiencia. Y un viaje de aventura que se mueve entre el desierto, los pueblos bereberes y esa mezcla de tradición y modernidad que hace de Túnez un país difícil de encasillar.
Túnez no es solo una escapada. Es un pequeño universo donde cada rincón tiene algo que contar.


Túnez se recorre como se vive: a ritmo cambiante. A veces en tren, a veces en bus local, a veces en transporte privado que aparece “como por arte de WhatsApp”. Hay que estar abierto a la improvisación, a conocer gente nueva y a descubrir que aquí el trayecto es tan interesante como el destino.
El país es mayoritariamente musulmán, pero con un aire relajado. En las mezquitas se entra con respeto, pero sin presión. Las mujeres viajeras pueden vestir con libertad, aunque siempre se agradece un pañuelo a mano por si toca visitar algún lugar más conservador.
No hace falta estar en forma, pero sí tener curiosidad, ganas de caminar por mercados caóticos, subir alguna duna y probar platos que no sabes pronunciar. Si te apetece descubrir un país auténtico y con mucha mezcla, Túnez te lo pone fácil.



Hoy nos sentamos en una terraza polvorienta, frente al anfiteatro de El Djem. El sol caía fuerte sobre las piedras doradas, que parecían brillar como brasas antiguas. Pedimos té con piñones, dulce y aromático, y dejamos que el calor del vaso se mezclara con el murmullo de la plaza. A nuestra derecha, un anciano hablaba en voz baja con el dueño del café; a la izquierda, unos niños corrían con una pelota improvisada. Mientras bebíamos despacio, la vista del coloso romano imponía respeto: sus arcos intactos y muros desgastados contaban historias de gladiadores y multitudes. El grupo charlaba tranquilo, alguno hojeando una guía, otros simplemente mirando sin prisa. En este viaje en grupo a Túnez, a veces basta con sentarse, un vaso de té en la mano y siglos de historia frente a ti, para sentir que el viaje tiene sentido.
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¡Échales un ojo!