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Vietnam es un país que no se recorre, se saborea a sorbos. Aquí cada rincón tiene un aroma distinto: a sopa humeante en una esquina de Hanoi, a café con huevo en una terraza con ventilador, a mar y sal en la bahía de Halong.
Un viaje a Vietnam es cruzar el país de sur a norte (o al revés), viendo cómo el paisaje y la vida cambian sin perder esa energía vibrante que lo envuelve todo. En el sur, Saigón (sí, los locales todavía la llaman así) te da la bienvenida con motos, ruido, historia reciente y puestecitos de comida a todas horas. En el centro, las ciudades imperiales como Hué o las callecitas coloniales de Hoi An bajan el ritmo y suben el encanto.
Y luego llega el norte. Las montañas, las terrazas de arroz que cuelan entre la niebla, las aldeas donde el tiempo tiene otro ritmo y las sonrisas aparecen antes que las palabras. Aquí no solo se mira: se vive desde la moto, subiendo y bajando montañas con un conductor local que te lleva entre curvas imposibles y paisajes que quitan el hipo.
Este es un viaje en grupo para quienes quieren sumergirse de verdad. Un viaje alternativo para probarlo todo: desde una sopa Pho en una acera cualquiera hasta una noche en tren con ron local y risas compartidas. Y un viaje de aventura, donde cada trayecto es parte del plan, y cada día, una mezcla de ruido, calma y mucho sabor.
Vietnam no se visita.
Se prueba, se escucha, se recorre… y se queda contigo.


Este viaje es para ti si no tienes miedo a moverte. Porque en Vietnam, moverse es casi deporte nacional: tren nocturno, bus, barco, moto… todo vale. Durante unos días nos subimos a motos (como pasajeros, tranquilos) para explorar aldeas remotas, arrozales colgados de las montañas y caminos donde no hay ni sombra de autobuses turísticos. Llevamos muchos años haciéndolo, y es lo mejor del viaje ¡Palabra!
Hace calor, sí. Llueve a veces, también. Pero el país lo compensa con paisajes que parecen irreales y comidas que te reconcilian con el mundo. Alojamiento variado: desde hoteles sencillos hasta alguna casa local donde duermes con mosquitera y te despiertan los gallos (o el café recién hecho).
¿Hace falta forma física? Más que músculo, hace falta buen humor y muchas ganas de dejarse llevar. Porque aquí lo mejor no está marcado en el mapa.
Si lo tuyo es vivir el país, no solo pasar por él, y no te importa que tu mochila huela un poco a cilantro al final del viaje, Vietnam te espera con los brazos abiertos… y un bol de noodles.



Hoy comenzamos la ruta en moto. Fijamos las mochilas en la parte trasera de la moto y nos subimos a ellas. No hacía falta conducir: cada uno viajaba de paquete, dejando que los motoristas locales nos guiaran por carreteras estrechas. Pronto dejamos atrás la civilización y empezamos a serpentear entre arrozales verdes que brillaban bajo el sol. Las montañas kársticas se alzaban a nuestro alrededor como murallas de piedra, y en cada curva aparecía una nueva postal: búfalos pastando en el agua, niños saludando al borde del camino, aldeas con casas de madera y humo saliendo de las cocinas. El viento en la cara, el rugido suave de la moto y la sensación de avanzar por un paisaje de ensueño lo hicieron inolvidable. En este viaje en grupo a Vietnam, el día terminó viendo cómo el sol se escondía tras las montañas, con la certeza de que pocas experiencias se sienten tan libres como esta.
No pasa nada, tenemos más viajes con estilos parecidos que seguro te van a encantar.
¡Échales un ojo!