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Mongolia es un viaje al vacío. Pero al vacío en el mejor sentido: horizontes infinitos, cielos que parecen no acabarse nunca y estepas donde la soledad se convierte en compañera de ruta. Aquí no hay edificios que tapen las vistas ni multitudes que marquen el paso. Solo tú, el viento y el rumor de cascos de caballo en la distancia.
Viajar a Mongolia es un salto en el tiempo. Los nómadas siguen moviéndose por la estepa, montando sus ger, cuidando los rebaños y viviendo como hace siglos. Compartir un té caliente en una yurta en medio de la nada no es una postal, es el día a día. Y esa es la magia.
Desde el desierto del Gobi hasta los lagos del norte, en Siberia, pasando por montañas, pistas de tierra infinitas y cielos de otro planeta, este es un viaje para quienes buscan aventura real. Aquí no hay caminos marcados, ni cobertura, ni certezas. Solo la libertad de moverse por un país que parece no tener bordes.
Y sí, viajar en grupo multiplica la experiencia. Repartirse una tienda, montar el campamento, cocinar juntos, fregar en cuencos, reírse cuando llueve (porque puede llover, y hacer frío, incluso en agosto), compartir silencios y paisajes que quitan el habla. Un viaje alternativo por Mongolia no solo te muestra paisajes salvajes, también te obliga a volver a lo esencial.
Mongolia no se visita. Mongolia se recorre, se respira y se siente. ¿Te animas a descubrirla?


Nos movemos en furgonetas con conductor local. Pasamos muchas horas en ruta, cruzando pistas de tierra y atravesando paisajes que cambian sin previo aviso y reparando las averías. Hay baches, hay polvo, pero también hay momentos inolvidables por la ventanilla.
Dormimos la mayoría de las noches en tienda de campaña, que montamos y desmontamos entre todos. Algunas veces dormimos en yurtas o en alojamientos muy básicos. Duchas, a veces. Espíritu de grupo, mucho.
Comemos cocinando nosotros: sencillo, práctico y compartido. A veces también paramos en algún restaurante local donde la experiencia vale más que el menú.
Es un viaje exigente, no tanto por el esfuerzo físico como por la adaptación: al clima, al grupo, a la incomodidad. Pero si te gusta la aventura a un destino salvaje, este viaje a Mongolia es para ti.



El viento soplaba suave y el horizonte parecía no terminar nunca. Montado en uno de esos caballos pequeños y robustos de los mongoles, avanzaba por la estepa sintiendo que estaba cabalgando sobre un océano verde. En este viaje en grupo a Mongolia, no solo cruzas paisajes: cruzas el tiempo, imaginando cómo vivían aquí los nómadas hace siglos.
El caballo se movía con paso firme, acostumbrado a estas distancias inmensas. El aire olía a hierba y a libertad, y cada kilómetro parecía igual… hasta que dejaba de serlo, porque de pronto aparecía un rebaño de yaks, una familia desmontando su ger o un niño que pasaba a galope con una sonrisa. Este viaje alternativo me recordó que hay lugares donde la palabra “carretera” no existe, y donde el silencio es tan grande que puedes escuchar el latido de tu propio corazón. Mongolia no se recorre: se vive, paso a paso, galope a galope.
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¡Échales un ojo!